¡PRUEBA!

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Hablamos, y mucho, de reconocer emociones, de arrojar consciencia sobre ellas, de controlarlas, regularlas,… “moderar la respuesta emocional”, se tiende a teorizar, reflexionar,… Se habla,… y se habla,… y se sigue hablando. Pero en cuanto a “Emoción”: ¿no sería más apropiado utilizar otro tipo de verbos? Sentir, experimentar, notar, percibir, percatarse, observarse,… Verbos que implican una actitud de atención, de cerrar los ojos y mirarse, algo que requiere silencio y concentración. Dado el caso, las palabras se acaban, el sonido físico cesa, empieza el viaje interior y esto no siempre es agradable: se ha de pagar el precio de arriesgarnos a ver aspectos propios que no nos van a gustar nada. Nada. De otros, sin embargo, nos enamoraremos incluso aún más.

La palabra llega hasta un punto, es decir, es imposible que describa, en su total significado, lo que en un momento concreto podemos llegar a sentir, de forma específica, ante un hecho, una situación o una persona. De ahí la expresión “No tengo palabras…” (y del estilo). Por tanto, ¿qué nos queda? La emoción, ya libre de palabras, y sólo la emoción, experiencia, interiorización,… sentir,… La única manera de empezar a saber de verdad, más incluso que conocer. Me explico: una cosa es tener el conocimiento de que Granada es una de las ocho provincias andaluzas, pero otra cosa es saber que en el barrio del Albayzín, de la ciudad de Granada, hay una plazoleta llamada Plaza Larga, donde hay un mercado con un encanto especial en la que, yo mismo, he estado allí y he comprado sus productos rodeado de la gente del lugar, con la gente del lugar, entre sus árboles, sus fachadas, sus bares y terrazas… Una cosa es conocer,… Otra es saber.

Con las emociones ocurre lo mismo: sí, puedes conocer y reconocer que te sobreviene una emoción de disgusto, y serás afortunado. Pero la verdadera forma de saber de su origen, de su naturaleza, de su potencia,… es estar inmerso y experimentarla, sentirla, notarla,… Mirando hacia adentro. Entonces ya, después de un tiempo oportuno (el que se necesite), es cuando podremos utilizar las palabras, pero sólo como señales indicadoras, sabiendo que no son suficientes para explicar lo que sentimos. Lo primero es sentir.

Existe un conjunto de limitantes que muchas veces nos impide sentir una emoción y expresarla: entre ellos, la educación que hemos recibido o el contexto en el que crecemos y este es probablemente uno de los más poderosos, el Limitante Social. Dentro de la sociedad no vemos bien emociones como la rabia, los celos, el enfado,… de hecho son desagradables y tendemos a huir, bloquearnos, evitarlas,… o llegado el caso a tapar, esconder, encubrir,… cayendo en un olla a presión y luego pasa lo que pasa: ¡pum!

Para saber de nuestras emociones, el camino es experimentarlas, expresarlas de la mejor manera que sepamos en un momento dado. Con el tiempo y este ejercicio de experimentar y expresar iremos desarrollando la habilidad para gestionarlas, el autocontrol, e incluso, de usar la palabra más correcta… Pero antes hay que sentirlas.

Podemos llevar demasiado tiempo sin sentir y sin expresar realmente nuestras emociones, lo cual supone un verdadero entrenamiento para vivir de espaldas a ellas,… ajenos, distanciados,… Un entrenamiento con una inercia que no reconocemos y se viene a manifestar con expresiones del tipo “no, yo no lloro”, “esto a mí no me dice nada”, “¡Qué va!,… ¡Yo no me enfado!”, “¡a mí esto no me afecta en absoluto!”. Y puede que lleves razón: pero por inercia, nada más. No es algo real. Es como si nos resistiéramos, y “A lo que te resistes, persiste” C. Jung.

Las personas somos seres emocionales. ¡Prueba!: escucha esa canción de aquel verano con los colegas; una peli, “Mañana empieza todo” (la última con la que lloré,… la semana pasada); un olor, el del caldo de pollo que te hacía tu madre; a ver, un gusto, el de la chuchería aquella con forma de ladrillo y excesivamente recubierta por una capa de azúcar,… Estas cosas, también despiertan emociones cuando las recordamos. Después de estos ejercicios, otros del tipo: “Te amo”, mirando a los ojos de tu padre o tu madre o tu hermano; el otro “Te Amo”, a tu esposo o esposa (si quieres ponte de fondo una canción para decírselo), no una, sino varias veces, mirándole a los ojos, cogiéndole delicadamente de las manos, decirle tantas veces “Te Amo” hasta que te des cuenta de cómo aflora tu emoción, tu lágrima, quizá… un suave temblor… Y siente,… siente. ¡Y lo mismo con lo que te molesta y te desagrada,… o te pone triste! “Lo que no dejas ir (o salir) lo cargas, lo que cargas te pesa y lo que te pesa, te hunde! Hoy practica el arte de soltar, perdonar y dejar ir”. (Creo que es anónimo)

Para saber de nuestras emociones, para… saberlas: ¡siente!... luego ya vendrá la gestión. Yo mismo, me paso los días usando palabras, pero cuando me lo detecto echo mano de estos ejercicios anteriormente mencionados: una manera de mantenerme en forma.

Para pelis, canciones o libros que te puedan llevar a un estado emocional vivo, te recomiendo también que visites mi web www.vivelcoaching.com, son sólo algunas  sugerencias.

Para terminar: creo que las palabras están para utilizarlas, las emociones existen para sentirlas y las acciones para elegirlas y llevarlas a cabo. El quid de esta cuestión: todo tiene su papel. Ni sólo palabras, ni sólo emoción, ni sólo acción,… sino un equilibrio entre las tres. Teniendo conciencia sobre esto, este equilibrio irá llegando con la práctica, el entrenamiento… ¿Entrenamos?
 

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